El problema que afrontaba el mundo de los años 30 era el
desempleo. La economía clásica planteaba que el desequilibrio momentáneo se
ajustaría automáticamente por medio de una bajada en los salarios.
Sin embargo, Keynes no estaba de acuerdo: la economía se
podía encontrar en equilibrio, con un alto nivel de desempleo. Para él la
desocupación, lejos de ser puntual, era estructural. Para solucionarlo proponía
que el Gobierno debería hacer un uso más eficaz de las políticas fiscales
(impuestos y gastos) y así desatascaría la economía. Lo que proponía era que el
Estado complementara el mecanismo de mercado del sector privado, que era
incapaz de resolver el problema del paro.
Ese planteamiento pasaba por el incremento del gasto
público en períodos de recesión económica, haciendo que el estado adquiriera un
déficit que generaría demanda y así se estimularía la inversión, con lo que el
paro disminuiría. De esta forma Keynes pensaba que el gobierno podría moderar y
hasta eliminar los ciclos económicos interviniendo en la economía.
Otro aspecto importante en la teoría económica de Keynes es el papel que
juegan las expectativas sobre el ciclo económico. Consideraba que esas
expectativas, dependientes de factores psicológicos, tienen efectos muy
importantes sobre la inversión y, por tanto, sobre la economía en general. Sin
embargo, las decisiones de ahorro las toman los individuos en función de sus
ingresos, mientras que las decisiones de inversión las toman los empresarios en
función de sus expectativas. De este modo no existe ninguna razón para que el
ahorro y la inversión coincidan, como habían señalado los economistas de la
escuela clásica.
Así, cuando las expectativas empresariales son
favorables, los empresarios están más dispuestos a invertir, lo que produce una
fase expansiva y crecimiento. Por el contrario, cuando esas expectativas son
desfavorables, la contracción de la demanda puede provocar depresión. Por esta
razón es por lo que Keynes incide en la intervención del Estado para impedir la
caída de la demanda, aplicando el mecanismo del aumento de sus gastos.
Al incidir en la dependencia psicológica del futuro, puso
sobre el tapete una interrogante a la capacidad de realizar pronósticos útiles
en la economía.
Al paso de los años estas ideas calaron en el mundo
académico y en las políticas económicas de los países occidentales. Los
socialdemócratas vieron con interés una doctrina que propiciaba la intervención
del Estado en la economía. Sólo los más liberales se opusieron a esas ideas
intervencionistas.
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