Para mí, la carestía de empleos es una de las fatales consecuencias
de la codicia desmedida.
Los economistas estudian y analizan la circulación del
dinero sobre cualquier otra materia de su actividad; también y con pareja
intensidad la producción y el consumo de bienes y servicios. En consecuencia
devienen que lo que importa es el dinero y las cosas materiales.
Existe un campo de investigación económica que se
focaliza en la intensidad de las medidas de bienestar que uno mismo se impone o
pretende: la felicidad o la satisfacción vital y cómo se relacionan con otros
aspectos de la vida. Es decir, el "estudio de la felicidad".
Nuestro conocido Ben Bernanke impartió una conferencia en
el año 2010, titulada "La economía de la felicidad". Y esta
investigación nos pone de manifiesto cosas importantes al respecto del lío en
que andamos metidos.
El dinero carece de gran importancia una vez que uno ha
llegado a poder costearse las necesidades de su vida. El ser más rico no quiere
decir que su equiparación aritmética sea igual a cero. Los ciudadanos de los
países ricos están más satisfechos con sus vidas que los de los países menos
ricos o pobres. El ser más rico o menos es una cuestión que adquiere gran importancia
en el mundo actual, razón por la que la extrema desigualdad puede llegar a
tener un efecto terrible en una sociedad. En definitiva que el dinero es menos
importante de lo que los materialistas quisieran creer.
Todo esto no quiere decir que los asuntos económicos
carezcan de importancia. En absoluto. Y tanto es así que hay un rasgo
diferencial dentro de toda esta parafernalia socio-económico-filosófica de suma
importancia: tener trabajo, ni más ni menos.
Las personas que quieren trabajar y no encuentran trabajo
están sometidas a un sufrimiento extraordinario, no sólo por la pérdida de
ingresos, sino por la pérdida de confianza en ellas mismas respecto a su valía.
Y es esta una de las razones, si no la más importante, de que el desempleo
masivo sea una tragedia terrorífica.
Hay gente que opina que el paro involuntario, es decir,
los que ni son jubilados, amas o amos de casa y discapacitados, que no cuentan,
no existe, pues todo el mundo, si quiere, y no exige demasiado, puede trabajar.
Y como mi teoría de los estúpidos que están en todas partes, aquí también se
cumple. Casey Mulligan, de la Universidad de Chicago quien escribe para el New
York Times, ha insistido una y otra vez en que la exagerada caída del empleo
tras la crisis financiera de 2008 no se debía a que faltaran ocasiones
laborales, sino a que había bajado el nivel y la voluntad de trabajar.
Todo el que tiene los pies en la tierra sabe
perfectamente que el paro como desempleo involuntario es una clamorosa
realidad.
La mayoría de familias de los países desarrollados
incluyen a dos trabajando; estas familias sufren tanto financiera como
psicológicamente si uno de los dos se encuentra en paro. También hay que tener
en cuenta aquellos otros que llegaban a fin
de mes con la ayuda de un segundo empleo y ahora sólo tienen uno. O las
horas extras que se han esfumado.
Dentro de todo este barullo hay que tener en
cuenta a los pequeños empresarios que han visto recortado mucho sus ingresos. Y
por supuesto no podemos olvidar a aquellos trabajadores especializados que,
acostumbrados a desarrollar su valía en buenos puestos de trabajo, ahora se ven
obligados a aceptar empleos para los que su saber o especialidad de nada sirve.
Las penalidades están muy generalizadas, no cabe duda.
Pero no es todo: hay millones de personas en todo el orbe para las que el daño
causado por los problemas económicos es de un extraordinario calado.
Fuente: Paul Krugman
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